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Bandeja de entrada

Las maravillas del teatro independiente

No sé si se capta la ironía del título... Tampoco vamos a ser pesimistas y decir que todo es una m... después de todo, estamos haciendo lo que nos gusta. Y es que en mi caso, por ejemplo, siguiendo la milenaria premisa de “si el casting no va a Mahoma, Mahoma generará un casting” empecé con un grupo de actores a armar un espectáculo de pequeñas escenas creadas por nosotros. Y no piensen que esto es por creer que somos grandes escritores, sino más bien por cosas más pragmáticas: derechos de autor, no tener a nadie que adapte una obra (o no tener para pagarle a alguien que sepa hacerlo). El proceso es lento, hay que empezar de cero, concordar horarios para ensayos, lugar, van surgiendo otras prioridades...

En pocas semanas quedamos dos. Nos juntamos unas tres veces por semana, alternando entre mi salón y el suyo. Improvisamos, escribimos, ensayamos, reescribimos, volvemos a improvisar. En casa, el trabajo sigue: ensayo grabado con una vieja filmadora de casetito JVC, mientras el gato muestra perfiles a cámara con cara de “¿y acá qué pasa?”. Buscamos vestuario en el rastro, utilería en los chinos (me conozco todos los chinos existentes a un radio de 2 kilómetros de mi casa y unos cuantos más del centro) hasta que un buen día a mi compañera le sale un trabajo y no puede seguir con los ensayos.

¿Y ahora?... ¡A seguir, con dos cojones! no podía desperdiciar tantas horas y esfuerzo invertidos. Así que después de resolver los “detalles” de las salas donde actuar, el dossier para entregar a las salas, las fotos para el dossier, el vídeo para los programadores, buscar el lugar para filmar y alguien con cámara que me filme por cuatro duros... ya sólo quedaba... actuar.

Tuve varias funciones. En algunas pagaban bien, en otras no tanto; en algunas el público se partía de risa, en otras se escuchaban los grillos. Pero lo mejor fue que a una de las funciones asistió una directora que estaba con un proyecto de monólogos, le gustó lo que hice y me llamó para que hiciera uno de los personajes. ¡Qué alegría! Tanto esfuerzo había servido para algo.

A día de hoy, la productora encargada de llevar la obra todavía nos debe dinero y tuvimos cuatro bolos en un año y medio. Eso sí: con alta en la seguridad social, todo hay que decirlo. Lo mejor de todo esto es la cantidad de cosas que uno aprende y las tablas que te da. Lástima que eso no sirva a la hora de pagar en la caja del Mercadona. En realidad convengamos que, de independiente, no tiene mucho este tipo de teatro, dependemos de cualquier cantidad de gente para poder hacer nuestro trabajo, incluso muchas veces sin cobrar.

Pero no nos quejemos, estamos haciendo lo que nos gusta... o por lo menos lo intentamos, que no es poco.

Beatriz Webe


‘Hey, girl’ o la conciencia de tu alma

Cuarenta hombres en escena, sombras masculinas que azotaban violentamente a una mujer. Liturgia que trataba de representar ese choque primario de dos fuerzas surgidas de las entrañas de la tierra.

Lo femenino acababa de nacer, anfibio y puro, en un mundo todavía oscuro, donde la luz sólo encontraba vacíos de tiempo, imposibles de iluminar, tan solo un espejo reflejaba el pálpito de una grieta humeante, por dónde, allí, sí, se colaba el tiempo en coladas de lava fría y rosada.

Ni siquiera lo eterno se hacía presente, la medida faltaba, medida del tiempo arrancada a golpes de tambor. Tronada rítmica, llamada al tiempo... y el ahora se hace espada caída del cielo. ¿Anuncia el devenir o lo eterno?: la lucha, la guerra, la muerte y la espada. ¿Te acercas ya, mujer, a empuñarla?, el hombre ya lo hizo sin dudar pero tú vacilas, tú, frente a frente con el arma. Tu cuerpo ya siente el dolor que causará esa espada, tu mirada ya ve tierras devastadas, tu corazón se estremece ante la violencia desatada. Sólo queda la conjura, porque te sabes también eterna como ella, la espada. Y en ese frente a frente te revistes bella y perfumada, seductora belleza libada sobre el metal ardiente. Dolor y belleza juntos se estremecen y, ahora sí, empuñas el arma y, ahora sí... la lucha, la guerra, la muerte y la belleza ya están casadas.

Mujer, enarbolaste la espada y sin darte cuenta abriste brecha a izquierda y derecha... Ecos de caverna te hacían estremecer: era una llamada. Aturdida contemplabas como la luz y el tiempo quedaban al otro lado del cristal de una ventana... mientras alguien se acercaba. De nuevo la oscuridad, el frío, la llamada... Abriste la puerta a una manada bruta y extraña, nacida de otras entrañas. Lo masculino emerge voraz y violento, negro y siniestro, ejército de monstruos implacables, sombras casi amorfas, devoradoras... Rito descorazonador... silencio... de nuevo el milagro: ¿Qué fuerza representas, mujer? ¿Cómo es posible renacer ante semejantes bestias? ¿Qué he contemplado? ¿Por qué el dolor y la calma se confunden en mi alma? Lágrimas y una llamada desesperada. Una llamada agitada en forma de bandera negra de dolor, pero también bandera de victoria. Has vencido, has creado, has dado a luz a tu conciencia representada en otra mujer con tu mismo rostro grande y crecido de conciencia. Has dado a luz, y con esa luz iluminas a la manada y aparecen ahora figuras masculinas sosegadas, has dado luz, has engendrado la conciencia de las dos energías primarias...

Rafael Maza


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