Inicio > Bandeja de entrada

Bandeja de entrada

Hacia una nueva cartelera teatral para un nuevo público

Organismo vivo, camaleón mutátil, palimpsesto por cuidar, la quinta esencia teatral es por antonomasia una liturgia efímera, sensitiva y comunicativa, que ha de desprender una esencia sagrada, ritual, como para paliar el desencantamiento o vacío existencial, la mansedumbre estática de una sociedad en búsqueda de una dialéctica constructiva.

Mi experiencia de espectadora, crítica y aficionada a las salas teatrales, tiende a percibir una relativa tónica cataléptica en el horizonte de las artes escénicas; como si unas nubes negras estuvieran tapando la cosmología poética, la matriz cálida y fecunda del firmamento teatral, por una pátina estéril que abruman unas “estrellas” comerciales o mediáticas... Mi sentimiento hacia la actual escena española es amargo, aunque existen unos islotes de utopía y filosofía inmaculados que me reconcilian con la magia de las artes escénicas...

Con los tiempos que corren, el deseo de escapismo, de evasión hacia unos paraísos artificiales, donde se difuminan la seriedad y gravedad de la cotidianidad, donde lo frívolo y lo ligero, no inciden en la realidad sino que ayudan a soportarla, crea un teatro que se compromete no con una función estética o didáctica sino lúdica, basada en la diversión, la intrascendencia de una trascendencia imperceptible cuando un limbo engañoso adormece la agudeza visionaria. Tal concepción que destroza el sentido platónico del arte, estriba de hecho en unas escenografías depuradas, sencillas, frías, unos vestuarios y trajes desprovistos de plasticidad visual, unos discursos que pueden vacilar entre un nihilismo o un estatismo soso cuando no peligroso...

En la cartelera, sería una lástima si la flor y nata de la escena clásica universal, con sus obras maestras, microcosmo vital y social, estuviera encerrada en una intención de actualización contemporánea que desnaturaliza el esteticismo intrínseco a la materia textual primaria, lo lleva al límite de la renovación moderna, alterando su alcance original por una excesiva búsqueda de lo espectacular o del efectismo.

Recuperemos la esencia de los grandes plumíferos de la historia teatral, llevando a escena su viveza de ingenio, su amparo artístico y descifremos lo oblicuo de su cosmovisión, para volver a encontrar nuestra indispensable dosis de catarsis.

Cuanto más un director de escena se aproxima a la estética, en su acepción estilística y filosófica, más el escenario entraña una ética que al declamarse se vuelve política. Un proceso inverso, que pone en escena lo político por encima de la belleza visual y la afección emocional, corre el riesgo de convertirse en difamatorio panfleto, un opúsculo menor y vano: dejar de lado cualquier empresa tecnológica, tecnificada o industrial y aceptar dejarse llevar por el soplo del daimon socrático, por el duende lorquiano, por la fantasía pirandelliana, es elevar el teatro, la creación y la poësis a su máxima potencia. La poesía como inclinación creativa del espíritu, como sensibilidad desinteresada, como creadora de humanidad, de ontología escénica. Sólo la escenificación de un universo poético, puro y sincero, puede reanudar con el cordón umbilical de la sociedad, a saber el sentimiento “religioso” (re-ligare) de la tragedia antigua, que “liga de nuevo”, liga las palabras y metáforas visuales entre ellas, liga al ser con todas las facetas de su interioridad, da al cuerpo social una unidad pérdida.

La cartelera teatral no debe prescindir del soplo poético o vital del hombre como ser, como esencia antropológica, ínfima partícula sensitiva, en una sociedad del tener donde la cultura es una mercancía más. El júbilo de los sentidos, de la emoción más honda, de la belleza visual, casi pictórica, su intelección y comprehensión deben abrir una brecha en la cartelera española demasiado artificiosa, para luego, replantear nuestra localidad, público, en el Gran Teatro de la sociedad contemporánea.

El sentir del arte como sentir ético.

Emilie Mouthon


Carta abierta a Fernando Cebrián

Querido Fernando:

Todos los que te hemos admirado y querido, los que seguíamos muy de cerca tu brillante y sostenida carrera profesional, plena de talento, fortaleza y solidaria bondad, lamentamos que no puedas seguir ofreciéndonos la dimensión creadora de tus logros escénicos y fílmicos de los que, séame permitido recordar, aquella inolvidable interpretación tuya de “Vania-Vicente”, personaje entrañable y complejo de la recreación televisiva de Veraneantes –Chéjov, Gorki, Ostrovski que emitió Televisión Española hace algunos años.

¿Y por qué no rememorar también tus espléndidos trabajos con Escobar, Osuna, Isasi, Saura, Mercero…? Fuiste el alcalde, en su larga serie Crónicas de un pueblo, y trabajaste también con Paso Abad, P. Amalio López, Castelló, Guerrero Zamora... y con muchos otros directores históricos de la memoria artística española.

¿Y qué decir de ese conmovedor libro tuyo de recuerdos infantiles? En él relatas el largo y dramático viaje familiar desde Barcelona a Francia, en 1939, huyendo de la represión franquista. Narras, de forma casi cinematográfica, lo que fue para muchos españoles de entonces era su única opción de salvar la vida: cruzar la frontera camino de un incierto y doloroso exilio. Mostraste ya en aquellas dolientes y esperanzadoras páginas lo que luego sería tu firme y leal compromiso humano y artístico, tu honradez personal y profesional; en definitiva, tu actitud ante la vida, que te fue injustamente arrancada cuando aún bullían en tu mente y corazón nuevos proyectos y aspiraciones profesionales.

Allá donde te encuentres, recibe un fortísimo abrazo de tu buen amigo.

Alberto González Vergel


© Unión de actores 2009